Vicedecano de la Facultad de Teología “S. Vicente Ferrer” de Valencia
Domingo, 30 de noviembre. Como otros muchos días fui a comer a la Residencia Sacerdotal Venerable Agnesio. Busqué sitio con la mirada. Había uno libre en la primera mesa a la derecha. Me senté. Inmediatamente me di cuenta de que era el sitio de D. Ramón. Allí se había sentado diariamente desde que, con el sentido de la realidad que le caracterizaba, decidió pasar a vivir en el Agnesio y hasta que el mismo sentido lo movió a trasladarse a Betania, la acogedora casa que las Religiosas de este nombre ofrecen a los sacerdotes en Quart de Poblet. Me invadió un escalofrío: D. Ramón había muerto el viernes 28 y, al día siguiente, en la Catedral, habíamos celebrado por su eterno descanso la Misa de corpore in sepulto. Había muerto y yo estaba allí, ocupando el que había sido su sitio en el comedor…
Me puse a recordar. Cuando ingresé en el Seminario de Moncada, él dirigía el Centro Superior de Estudios Teológicos de Valencia. Corría el año 1970. Como la Iglesia entera, el Seminario y el Centro de Estudios vivían el entusiasmo de los primeros años que siguieron al Concilio Vaticano II. Los vientos soplaban entonces con intensidad variada, aunque normalmente lo hacían con fuerza arrolladora. Aquí, en Valencia, no pasaban de ser moderados; lo cual, justo es reconocerlo, se debía en gran parte a la inteligencia y capacidad de diálogo de hombres como D. Ramón.
Aún no lo había tenido como profesor y, más allá de las relaciones normales y más bien poco frecuentes entre un estudiante y el Director de un Centro Superior de Estudios, el primer recuerdo consciente que guardo de él tiene como marco el del Congreso Eucarístico Nacional que habían traído a Valencia el celo pastoral del Siervo de Dios, José Mª García Lahiguera, querido y llorado Arzobispo de la Archidiócesis, y al empeño valentino de su Vicario General, D. Jesús Plá Gandía. En una preciosa y erudita conferencia sobre el sacerdocio dictada en dicho marco, D. Ramón había abordado por enésima vez su tesis sobre las relaciones entre el ministerio episcopal y el presbiteral. Tras la conferencia y el encendido diálogo que había suscitado entre los oyentes, uno de los Obispos presentes bromeaba en los pasillos con el conferenciante: “Seguramente no pensarías lo mismo si fueras Obispo”. D. Ramón, siempre sabio y con una dosis no pequeña de ironía, le contestó: “Posiblemente. Pero las cosas no cambiarían por ello…”. Me impresionaron el aplomo del sabio y la prudencia del pastor. Me impresionó, sobre todo, la afirmación de la verdad de las cosas por encima de cualesquiera circunstancias que, por la razón que fuere, pudieran enturbiarla: …sed magis amica veritas.
Pensar la verdad que es Dios mismo y que se ha manifestado definitivamente en el Hijo de Dios nacido de María, la Virgen; reflexionar la Verdad que en el Hijo encarnado se hizo Verdad humana, ofrecida a los hombres en el envoltorio de nuestra humanidad. ¡Con qué convicción y entusiasmo exponía D. Ramón a sus alumnos de la Facultad los misterios de la fe! ¡Con qué honestidad intelectual les mostraba las dificultades que podía ofrecer la expresión concreta de algunos de tales misterios en los tiempos o en la palabra; en la palabra concreta de los tiempos concretos! ¡Con qué pasión se entregaba a la investigación de los grandes temas controvertidos, en especial los que marcaban fronteras entre los hermanos que profesaban una misma fe en Cristo y no podían, sin embargo, compartir la mesa de la Eucaristía porque estaban separados! Por eso se metió de lleno en la obra de Lutero, rastreando el pensamiento del Reformador sobre el ministro como legado de Cristo.
Buscar la verdad o, mejor, los reflejos de la misma en los distintos ámbitos de la existencia de los hombres. Uno de los últimos títulos ofrecidos en los cursos de especialización da buena fe de ello: “El mito y el rito en el teatro contemporáneo”. Solía pasar todos los años una temporada como residente investigador en la Iglesia Nacional de España; en su última estancia había asistido a algunas representaciones de teatro de vanguardia; había querido conocer las nuevas formas con que el teatro, un medio de siempre, decía hoy los problemas de siempre. Resultado de su curiosidad de humanista inquieto fue el citado curso. Le entusiasmaba la pintura, la música –Mozart, cómo no, de un modo muy especial; no en vano era católico y se había formado en tierras fronterizas a las del maestro austríaco–, la literatura… Pero también los toros –“Ese muchacho, decía refiriéndose a uno de los jóvenes diestros aparecido recientemente (entocnes) en el mundo taurino– es un artista”. También gozaba con el fútbol, vibrando con fuerza incontenida cuando veía jugar y, sobre todo, ganar, a su Valencia…
“No hay nada humano que no encuentre resonancia en el corazón de los discípulos de Cristo”. Esta frase del Concilio Vaticano II en su Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual encontró en D. Ramón realización acabada. Por ello se entregó de corazón a la última responsabilidad que recayó sobre sus hombres, ya cansados hombros, pero siempre dispuestos a soportar nuevas cargas: miembro de la Academia Valencia de la Lengua y, dentro de ella, responsable de la traducción de los textos litúrgicos. Erudición, estudio, amor, pasión por la Iglesia y por el mundo concreto en el que aquélla anuncia la Buena Nueva de Jesucristo y peregrina en esperanza hacia la plenitud definitiva…
D. Ramón Arnau no está ya con nosotros; ha culminado ya su carrera aquí en la tierra. Quienes fuimos sus alumnos, sus compañeros en el Cabildo Metropolitano o en el Claustro de la Facultad de Teología, sus comensales en la Residencia Venerable Agnesio; quienes lo admiramos y lo quisimos en este mundo pedimos al Señor de la vida que le haya concedido además alcanzar la meta y, conforme al deseo frecuentemente expresado en los últimos mes de su vida terrena, contemplar para siempre el rostro del Dios en quien creía tan firmemente, a quien amaba tan intensamente y en quien esperaba tan confiadamente. |