DEL ANGLICANISMO AL CATOLICISMO (II)
C.K. Chesterton: Por qué soy católico

El telegrama que envió en 1936 el cardenal Pacelli en nombre del papa Pío XI por el fallecimiento del escritor inglés resulta revelador: “Apenado profundamente el Santo Padre por la muerte de Gilbert Keith Chesterton, hijo devoto de la Santa Iglesia, talentoso defensor de la Fe católica. Su Santidad ofrece puntual condolencia al pueblo de Inglaterra y promete oraciones por difunto amigo y otorga su bendición apostólica”. Chesterton con sus novelas de detectives, ensayos y polémicas en prensa y radio fue un “talentoso defensor de la fe católica”.

Las editoriales Encuentro, Ciudadela, Palabra y Rialp han publicado numerosas obras de Chesterton.

Ahora, el sello editorial ‘El buey mudo’ acaba de publicar en español todos los ensayos  religiosos de este autor tras su conversión, en el libro “Por qué soy católico.”  

La dificultad de explicar ‘por qué soy católico’ radica en el hecho de que existen diez mil razones para ello, aunque todas acaban resumiéndose en una sola: que la religión católica es verdadera. Podría rellenar todo este espacio con distintas frases que empezaran con estas palabras “Es la única que ...”, como, por ejemplo:

1. Es la única que impide que el pecado se mantenga en secreto.

2. Es la única en la que aquel que es superior no puede serlo desde la arrogancia o la altanería.

3. Es la única que libera al hombre de la degradante esclavitud que supone comportarse como un niño.

4. Es la única que se expresa en términos de autenticidad; como si fuera un mensajero verdadero que rehusa alterar el verdadero mensaje.

5. Es la única clase de cristianismo que de verdad aglutina a toda clase de hombres; incluso a los que son respetables.

6. Es el intento más ambicioso de cambiar el mundo desde dentro; trabajando a través de las voluntades, no de las leyes; y así sucesivamente.

O podría verlo desde un punto de vista más personal, describiendo mi propia conversión; aunque tengo la sensación de que si optara por este método, tal empresa parecería más pequeña de lo que realmente es.

Son muchos los hombres relevantes que se han convertido a religiones mucho peores. Preferiría tratar de hablar aquí precisamente de aquellas cosas de la Iglesia católica que no han sido comentadas, ni siquiera por parte de sus más respetables rivales.

En resumen, básicamente diría de la Iglesia católica que es católica. Me gustaría apuntar el hecho de que no sólo es más grande que yo, sino que es más grande que cualquier otra cosa en el mundo; de hecho, es algo más grande que el mundo entero. Pero como no dispongo de mucho espacio para hablar sobre ella, me centraré en uno de sus aspectos; el de su calidad de guardiana de la verdad.

Iglesia e ideas nuevas
Hace unos días, un conocido escritor dijo que la Iglesia católica es enemiga de cualquier idea nueva. Probablemente no cayó en la cuenta de que su comentario era muy poco novedoso.

Esta es una de las opiniones que los católicos se ven obligados a rebatir constantemente por ser, precisamente, una opinión muy vieja. La verdad es que quienes piensan que el catolicismo no puede aportar nada nuevo, rara vez piensan en la necesidad de decir algo nuevo sobre el catolicismo.

De hecho, un verdadero estudio de la historia demostrará, por curioso que parezca, lo contrario de tal afirmación. Hasta donde las ideas son realmente ideas, y cualquier idea puede tener algo de novedosa, los católicos siempre han sufrido por apoyar aquellas que resultaban ser demasiado atrevidas para que otros las respaldaran. El católico no sólo era el primero en trabajar ese terreno, sino que además era el único que lo hacía. De modo que nadie más podía comprender sus hallazgos.

Por ejemplo: casi doscientos años antes de promulgarse la Declaración de Independencia y de producirse la Revolución francesa, en una época entregada a la soberbia y la adulación de los príncipes, el cardenal Bellarmino y el español Suárez dejaron establecidas las bases teóricas de una verdadera democracia. Pero en los tiempos del Derecho Divino acabaron dando la impresión de no ser más que las ideas de unos jesuitas sofistas y sanguinarios que conspiraban contra el poder establecido.

Así que, una vez más, los casuistas de las escuelas católicas dijeron todo cuanto podía decirse sobre este problema, tan presente en nuestro tiempo, dos siglos antes de que se escribiera sobre él. Afirmaron que existía un conflicto moral; pero tuvieron la desgracia de afirmarlo doscientos años antes de tiempo.

En una época de obtuso fanatismo y abusos desmedidos, sólo consiguieron que se les considerara unos mentirosos que barajaban conceptos psicológicos, cuando aún faltaba mucho para que la psicología se pusiera de moda. Sería fácil enumerar otros muchos ejemplos como éste hasta llegar a nuestros días, con un buen lote de ideas demasiado innovadoras para nuestro tiempo.

En la encíclica Rerum Novarum (1891) del papa León XIII existen algunos pasajes mucho más revolucionarios que el propio socialismo, y que sólo ahora empiezan a ser utilizados como referencia por los movimientos sociales. Y cuando el señor Belloc escribió sobre el Estado servil, ya adelantó una teoría económica tan original que muy pocos entienden aún en qué consiste. Dentro de unos siglos, quizás otros vuelvan a insistir en estas teorías y vuelvan a equivocarse. Y entonces, si los católicos protestan, sus quejas sólo evidenciarán el hecho por todos conocido de que a los católicos nunca les han importado las ideas novedosas.

Sin embargo, el que ha hecho esta observación sobre los católicos trataba de decir algo; y para él es suficiente entenderlo con más claridad. Lo que quería decir es que, en el mundo moderno, la Iglesia católica es la enemiga de muchas modas que tienen gran influencia en la sociedad; muchas de las cuales, aunque se consideran novedosas, ya empiezan a quedarse un poco desfasadas. En otras palabras, lo que trata de decir es que él está de acuerdo en todo lo que se refiere a los frecuentes ataques de la Iglesia a todo cuanto sustenta al mundo moderno.

A menudo la Iglesia se pone en contra de las modas de este mundo efímero; y desde luego la Iglesia sabe muy bien lo efímeras que son las cosas. Pero para entender correctamente lo que esto implica es necesario coger perspectiva y tomar en consideración la naturaleza última de las ideas cuestionadas, para analizar, y después hablar, sobre la verdadera raíz de la idea.

Mapa de errores
La verdad es que nueve de cada diez ideas que consideramos nuevas son viejos errores conocidos. Una de las obligaciones prioritarias de la Iglesia católica consiste en evitar que la gente caiga en estos viejos errores, que se repiten una y otra vez cuando las personas se abandonan a sí mismas.

La realidad de la actitud católica con respecto a la herejía o, como alguien podría decir, con respecto a la libertad, podría explicarse mejor usando un mapa como metáfora. La Iglesia católica dispondría de un tipo de mapa que parece el mapa de un laberinto, pero que en realidad es una guía para entrar en ese laberinto. Y esa guía ha sido compilada partiendo de la base de un conocimiento que, aunque humano, guarda poca semejanza con cualquier humano.

No existe ningún otro caso de institución que haya estado pensando sobre el pensamiento durante más de dos mil años. Y esa experiencia abarca a casi todas las experiencias posibles; en especial en lo que a los errores se refiere.

El resultado que se obtiene es un mapa en el que todo callejón sin salida y toda ruta equivocada están marcados con claridad; así como todos los caminos que se han demostrado inútiles ante la mejor de las evidencias: la eviden--cia de quienes ya los han recorrido.

En ese mapa de la mente, los errores marcados son una excepción. La mayor parte del mismo consiste en parques de juego infantil y felices cotos de caza donde la mente dispone de tanta libertad como guste; no se acota el número de campos de batalla de carácter intelectual en los que la lucha esté indefinidamente abierta e indecisa. Sin embargo, se asume la responsabilidad de marcar las rutas que se sabe con certeza que no llevan a ninguna parte o conducen directamente a la destrucción, a una pared en blanco o a un abrupto precipicio.

Es decir, se previene a los hombres de desperdiciar su tiempo o malgastar sus vidas por senderos que ya se han demostrado fútiles o desastrosos una y otra vez en el pasado, pero que podrían volver a atrapar a quienes pretendieran recorrerlos una y otra vez en el futuro. La Iglesia se responsabiliza de advertir a la gente sobre ellos; ahí radica la verdadera cuestión. Hace una dogmática defensa de la humanidad frente a sus peores enemigos, esos ancestrales y horribles monstruos de los viejos errores.

Ahora, todos esos falsos planteamientos pueden aparecer con aire renovado, especialmente para una nueva generación. Su primera aparición siempre suena inofensiva y convincente a la vez. Pondré sólo dos ejemplos. Parece inofensivo decir, como suele afirmar la mayoría de la gente de ahora: “Las obras sólo son equivocadas si son malas para la sociedad”.

Sigue esta afirmación y tarde o temprano te encontrarás con la falta de humanidad de una ciudad-pagana o una ciudad-colmena, donde se impondrá la esclavitud como el más barato y seguro sistema de producción, torturando a los esclavos como prueba de que el individuo no es nada frente al Estado, afirmando que un hombre inocente debe morir por la gente, tal y como hicieron los asesinos de Cristo.

Quizá entonces retomarás los conceptos católicos y encontrarás que la Iglesia, que también dijo que nuestro deber es trabajar para la sociedad, se mostraba a su vez en contra de la injusticia individual. También suena muy piadoso decir: “Nuestro conflicto moral debería concluir con la victoria de lo espiritual sobre lo material”.

Vuelve hacer caso de esta afirmación y puedes llegar a la locura de los maniqueos, asegurando que un suicidio es bueno porque es un sacrificio; que una perversión sexual está bien porque no genera vida; que el demonio hizo el sol y la luna, dado que son materiales. Entonces podrás empezar a entender por qué el catolicismo insiste en la existencia tanto de espíritus buenos como malos; y que lo material también puede ser sagrado, como lo es la Encarnación o la Misa, el sacramento del matrimonio o la resurrección del cuerpo.

El policía llega tarde
No hay en el mundo otra entidad que ponga tanto cuidado en lo que a prevención frente a los errores se refiere. El policía llega demasiado tarde para evitar que los hombres delincan.

El médico llega tarde también, a tiempo sólo de encerrar al loco, incapaz de advertir al hombre cuerdo de cómo puede acabar en ese estado de locura. Y el resto de las escuelas y sectas existentes son inadecuadas para tal propósito. Y no porque ninguna de ellas pueda contener una verdad, sino precisamente por el hecho de que cada una de ellas contiene una verdad, y se sienten satisfechas por ello.

En realidad ninguna pretende mirar en todas las direcciones a la vez. La Iglesia no sólo está armada contra las herejías del pasado o incluso del presente, sino que también está preparada para enfrentarse a las del futuro, que podrían ser totalmente opuestas a las del presente.

El catolicismo no es un ritualismo; puede que en el futuro combata alguna clase de supersticiosa e idólatra exageración de un ritual.

El catolicismo no es ascetismo; en el pasado fue reprimido una y otra vez por crueles y fanáticas exageraciones del ascetismo.

El catolicismo no es un simple misticismo; incluso hoy en día defiende la razón humana frente a los simples misticismos de los pragmáticos. De este modo, cuando el mundo vivía el puritanismo del siglo XVII, la Iglesia fue acusada con una gratuidad que rayaba en lo sofístico de hacerlo todo demasiado fácil debido a la laxitud del confesionario.

Y ahora que el mundo no camina hacia el puritanismo sino hacia el paganismo, es la Iglesia la que protesta en todas partes contra la pagana laxitud que existe en las formas de vestir y en la educación. Están haciendo, cuando es realmente necesario hacerlo, lo que los puritanos desearon hacer. Con toda probabilidad, lo mejor del protestantismo sólo sobrevivirá en el catolicismo.

Y en ese sentido todos los católicos seguirán siendo puritanos cuando todos los puritanos sean paganos.

 
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