“He empezado a leer la Biblia desde que estoy en la cárcel y quiero seguir siempre a Jesús. Pero necesito ayuda, porque me acuerdo de Él cuando estoy triste, pero cuando las cosas me van mejor me olvido, y yo no quiero que sea así. Si nos dieran cursos de Biblia y de religión aquí podría conocer más a Jesús y seguirle mejor…”. Con esa claridad y con esa contundencia se dirigió un preso del Centro Penitenciario de Picassent al arzobispo de Valencia, monseñor Carlos Osoro, durante la visita que realizó el pasado día 13 a la prisión, donde permaneció durante toda la jornada.
El recluso, un corpulento inmigrante de unos 25 años de edad, hizo semejante confesión delante de medio centenar de compañeros de prisión, en la pequeña aula que hace las veces de escuela en uno de los módulos de jóvenes de la unidad de Preventivos.
No sólo eso. Un buen número de internos de su alrededor, entre los que había inmigrantes y españoles, asintieron con presteza y decisión a sus palabras y reiteraron su deseo de recibir formación cristiana.
Ante todos ellos y junto a la pizarra estaba, cual profesor, el Arzobispo. De hecho, a los pocos minutos de entrar en el aula para mantener un encuentro con los reclusos, el prelado, recordando a los jóvenes que antes de sacerdote fue maestro, cogió la tiza para explicarles el mensaje que traía para ellos.
Y así, con esquemas, conceptos y figuras de Jesús crucificado o de la Virgen esbozadas con gran soltura en el encerado, monseñor Osoro fue explicando a los internos en qué consiste el amor de Dios.
“Dios es vuestro Padre y os quiere incondicionalmente, hayáis hecho lo que hayáis hecho. Por eso, lo que nos corresponde es amarle con la misma entrega. Y no sólo a Él, sino a los demás, porque ellos son nuestros hermanos”, destacó el prelado. El ejemplo del cardenal Van Thuan En el aula no cabía nadie más, así que algunos jóvenes internos, todos ellos veinteañeros, se asomaban a la clase desde el patio a través de las ventanas enrejadas.
El Arzobispo les propuso como ejemplo de cómo vivir la situación de reclusión la figura del cardenal vietnamita François Xavier Nguyen Van Thuan, que permaneció encarcelado en su país durante trece años, nueve de ellos en celdas de aislamiento, y que actualmente está en proceso de beatificación.
El prelado, a quien el purpurado contó personalmente su extraordinario testimonio durante una estancia en la que coincidieron en Madrid, aseguró a los jóvenes que si vivían la caridad a Dios y al prójimo, como hizo Van Thuan, transformarían el abatimiento propio de la vida en prisión en paz, ánimo y esperanza.
Los internos no paraban de hacer preguntas a su insólito visitante. Le interrogaban sobre personajes de la Biblia, el sentido de las imágenes religiosas, la figura de la Virgen… y compartían con él sus inquietudes que tienen dentro de la cárcel.
El Arzobispo les contó también la parábola del joven rico, en la que Jesús pide al muchacho que lo deje todo para seguirle. “El Señor os pide a vosotros también, como a aquel joven del evangelio, que le entreguéis todo. ¿Y qué es todo? Vuestra vida, vuestra juventud, vuestros veinte años. Dádselo y no os defraudará”, les exhortó.
A los jóvenes reclusos, muchos de ellos con una deficiente formación académica y con serios problemas de autoestima, el prelado les anunció que “el título más importante que se puede tener en la vida vosotros lo tenéis: el de hijo de Dios”.
Como no cesaban las preguntas de los jóvenes, los capellanes les hicieron caer en la cuenta que el Arzobispo debía visitar todavía muchos otros módulos de la prisión. El animado encuentro en la escuela de la prisión terminó con el saludo de don Carlos a los presos, uno a uno.
Los capellanes tomaron buena nota de las peticiones de los internos y ya proyectan incorporar los talleres de Biblia y de formación cristiana que imparten en otros módulos del centro penitenciario a ése donde los jóvenes reclusos sorprendieron a propios y extraños con tal hambre de Dios.
Una situación similar se dio en el polideportivo cubierto de la unidad de Preventivos, adonde el Arzobispo se dirigió tras mantener varios encuentros con los responsables del centro penitenciario y con otros reclusos.
En el pabellón cubierto, varios presos que estaban jugando al baloncesto se acercaron al Arzobispo, dialogaron con él y le mostraron su deseo de que se intensifiquen los servicios religiosos.
Aquellos presos, todos hombres y de edades más avanzadas que los anteriores, permanecen en uno de los módulos destinado a reclusos con “más carga delictiva”, según confirmó a PARAULA Ramón Cánovas, director del establecimiento penitenciario. Por ese motivo, Cánovas no ocultó su sorpresa ante aquel requerimiento y lo subrayó a la hora de animar al secretariado diocesano de Pastoral Penitenciaria a “aumentar en la medida de lo posible” su tarea en la prisión.
Lo cierto es que para llevar a cabo las peticiones expresadas por los presos a monseñor Osoro “sería conveniente poder aumentar el número de voluntarios”, según advierte el director del secretariado de Pastoral Penitenciaria del Arzobispado de Valencia, el religioso mercedario Javier Palomares.
Su apreciación se comprende bien atendiendo al número de presos que hay en Picassent, cerca de 2.500, así como al de voluntarios, 120 entre seglares y religiosas, y al de capellanes, una quincena. De ellos, una decena acuden como voluntarios a la prisión una vez a la semana por lo general. Los otros capellanes, que en su caso tienen nombramiento oficial del Arzobispo, visitan la cárcel tres veces a la semana, excepto uno de ellos, que va cinco días.
Voluntarios Precisamente, al cierre de esta edición de PARAULA estaba previsto que cincuenta personas, muchos de ellos jóvenes universitarios, comenzasen el 20 de noviembre un curso de iniciación al voluntariado de prisiones organizado por el secretariado diocesano de Pastoral Penitenciaria junto a la asociación Obra Mercedaria.
Las jornadas, que se desarrollarán los días 20, 21, 27 y 28 del presente mes en la sede de Cáritas Diocesana de Valencia, suponen “una buena ocasión para conocer la labor de nuestra pastoral en la prisión y animarse a colaborar”, explica Palomares. De hecho, al menos diez de los cincuenta inscritos ya han mostrado su intención de incorporarse al voluntariado dentro de la prisión.
Entre otras acciones, los capellanes y voluntarios organizan durante todo el año misas en la prisión, ofrecen apoyo espiritual a los presos y sus familias, colaboran en talleres y grupos de autoayuda para presos toxicómanos, dispensan ayuda material y desarrollan fuera de la cárcel actividades de tiempo libre para reclusos que cuentan con permisos especiales.
Muchos de los actuales voluntarios de Pastoral Penitenciaria acompañaron al titular de la archidiócesis de Valencia durante su visita a la prisión y compartieron con él un almuerzo en la cafetería del recinto.
Allí, monseñor Osoro agradeció a todos ellos su tarea y les animó a continuarla con ánimo. Igualmente mostró su deseo de que jóvenes universitarios se puedan sumar al grupo de voluntarios.
A su vez, el director de la prisión, que también participó en el almuerzo, afirmó que “necesitamos más capellanes y voluntarios como vosotros, porque la atención humana, personal y espiritual que dais a los reclusos es fundamental para avanzar en su regeneración”.
“Buscaré siempre un sitio cerca de mí para vuestros hijos”
El Arzobispo visitó también el módulo de madres
Una de los momentos más emotivos durante la estancia del Arzobispo en la prisión de Picassent fue su visita al módulo de madres, donde 22 de ellas permanecen con sus hijos menores de tres años. El prelado fue recibido con aplausos y él, a su vez, bendijo en la frente a los pequeños.
Tras rezar con las madres, abrió un diálogo y ellas le trasladaron su angustia por el hecho de que a los tres años los niños deben abandonar la prisión, de modo que quedan separados de ellas.
Don Carlos les aseguró que hará “todo lo me sea posible” para que instituciones de la Iglesia puedan acoger a los niños y a sus madres, en colaboración con la autoridad penitenciaria, que ya cuenta en Valencia con dos unidades para ese fin. “Si lo necesitáis, buscaré siempre un sitio cerca de mí para vuestros hijos”, afirmó.
Asimismo, el prelado, destacó ante las mujeres la figura de la madre Teresa de Calcuta por su defensa de la vida, haciendo hincapié en su memorable discurso al recibir el premio Nóbel de la Paz en 1979, y ensalzó el “valor inestimable” de las reclusas que acogen “la vida en circunstancias difíciles, dentro de la prisión”.
Proyecto Hombre Otra de las visitas más significativas de monseñor Osoro le llevó al módulo 1 de la unidad de Cumplimiento, donde la fundación canónica Arzobispo Miguel Roca-Proyecto Hombre Valencia dirige una comunidad terapéutica para cincuenta reclusos que sufren toxicomanías.
El prelado fue recibido en este caso por los presos con el canto “Yo no soy nada”, compuesto por él mismo en “La Casa de los Muchachos”, fundada por él mismo cuando era párroco de la localidad cántabra de Torrelavega para jóvenes procedentes del reformatorio.
El centro, en el que el actual arzobispo de Valencia vivió con dieciocho jóvenes con problemas delictivos, está regido actualmente por los Amigonianos.
A su vez, el canto, cuya música fue compuesta por el popular cantautor católico Luis Alfredo, está presente en multitud de cancioneros cristianos y se canta con frecuencia en celebraciones religiosas de toda España.
Varios reclusos de la comunidad terapéutica intrapenitenciaria agradecieron a monseñor Osoro el hecho de que el Arzobispado de Valencia impulsara hace una década la puesta en marcha y el mantenimiento de la misma, a través de la fundación Arzobispo Miguel Roca-Proyecto Hombre Valencia.
A su vez, el prelado, que fue precisamente el impulsor de la creación en Cantabria del Proyecto Hombre a mediados de los 70, alentó a los jóvenes a aprovechar la ocasión que les brinda la iniciativa.
Monseñor Osoro visitó, igualmente, el Centro de Inserción Social (CIS), situado junto al centro penitenciario y donde permanecen reclusos en régimen de tercer grado. Allí fue recibido por su director, Santiago Leganés.
Entre otras áreas de la prisión, monseñor Osoro visitó también la enfermería, donde rezó junto con los internos, así como un módulo de mujeres especialmente desestructuradas, adonde le condujo José Sesma, sacerdote mercedario y director del departamento de Pastoral Penitenciaria de la Conferencia Episcopal Española, que desde este curso es además capellán voluntario en la prisión Picassent. En aquel módulo, varias presas llegaron a hacer cola para ser bendecidas por don Carlos.
Lo cierto es que durante toda la jornada, se pudo observar entre el Arzobispo y los reclusos una conexión especial, digamos que una cierta “química”. Al término del encuentro que mantuvo, por ejemplo, en el salón de actos de Preventivos ante un centenar de reclusos, el prelado estuvo diez minutos saludando, bendiciendo y conversando con muchos de ellos. A otro le bendijo un rosario, mientras que una embarazada le pidió que bendijera al hijo de su vientre.
Y no es menos cierto que las muestras de cariño y confianza de los reclusos a los capellanes y voluntarios de la prisión se percibían también con intensidad y a cada momento, como por ejemplo al capellán Joaquín Montes, el querido y popularísimo “padre Ximo”.
En definitiva, daba la sensación de que con aquella visita larga a la prisión de Picassent, don Carlos se reencontraba, en cierto modo, con parte de su propia historia.
Ésa en la que ocupa un lugar central la pastoral penitenciaria, a la que dedicó infinidad de horas en sus anteriores diócesis, visitando a presos en las cárceles y acogiendo a muchachos descarriados, algunos de los cuales hoy día siguen escribiendo y encontrándose con el prelado. “Esta pastoral siempre ha sido una de las tareas que más me han llenado”, confesó el propio Arzobispo.
La empatía y comprensión de monseñor Carlos Osoro hacia los presos fue tal que por dos veces, ante reclusos, capellanes, voluntarios y responsables de la prisión, manifestó a los internos que “habéis cometido errores, sí, pero posiblemente si yo hubiera pasado por vuestras circunstancias estaría también en la cárcel y no sería obispo ni estaría ahora hablando por el micrófono”.
Sin que sus palabras restaran un ápice a la responsabilidad de los reclusos en sus delitos, el discurso de don Carlos durante toda la jornada subrayó, sin embargo, la “buena noticia de que con Jesucristo podéis regenerar vuestras vidas”.
La pastoral penitenciaria tiene la virtud, aseguró el prelado en otro momento a los capellanes y voluntarios, de “renovar a una persona que parece perdida desde dentro, desde la raíz, desde su espíritu”. |