CIUDAD DEL VATICANO, (ZENIT.org).- En 2009 fueron asesinados 37 testigos del Evangelio, según el informe anual publicado por Fides. La mayor parte han sido asesinados en América, en lugares peligrosos e inseguros donde estaban desarrollando su misión.
La agencia dependiente de la Congregación vaticana para la Evangelización de los Pueblos aclara que se ha registrado la cifra más elevada en la última década.
Se trata de treinta sacerdotes, tres religiosas, dos seminaristas y tres evangelizadores laicos de dieciséis nacionalidades.
En 2009, el continente en el que fueron asesinado el mayor número de testigos del Evangelio fue América, “bañada por la sangre de 23 agentes evangelizadores: 18 sacerdotes, dos seminaristas, una religiosa, y dos laicos”, asesinados en Brasil, Colombia, México, Cuba, El Salvador, Estados Unidos, Guatemala y Honduras, explica Fides.
Por un puñado de monedas Entre los seis sacerdotes asesinados en Brasil, país con el mayor número de bajas misioneras, se encuentra el español Ramiro Ludeña, quien trabajaba desde hace 34 años a favor de los niños y muchachos de la calle, y que perdió la vida a manos de un joven de 15 años en un intento de robo.
El presbítero y misionero italiano Ruggero Ruvoletto fue asesinado en su parroquia, en la que robaron 50 reales (unos 19 euros).
El padre Evaldo Martiol fue asesinado por dos jóvenes durante un robo que acabó en homicidio.
“Su método de evangelización era la amistad”, afirmó el obispo durante los funerales del padre Gisley Azevedo Gomes, CSS, asesor de la sección para la juventud de la Conferencia de Obispos Católicos de Brasil, asesinado por varios jóvenes, durante un robo.
En Colombia, el último año, fueron asesinados cinco sacerdotes y un laico, convirtiéndose en el segundo país con el mayor número de bajas misioneras. Todos los presbíteros fueron víctimas de robos que acabaron mal.
Entre ellos se encuentran los dos sacerdotes redentoristas Gabriel Fernando Montoya Tamayo y Jesús Ariel Jiménez, asesinados por un hombre que entró en su casa buscando dinero.
El cuerpo sin vida del padre Óscar Danilo Cardozo Ossa apareció en su casa parroquial. En el lugar de los hechos aparecieron cuerdas y una mordaza.
También fue asesinado en su casa, en la noche, el padre Emiro Jaramillo Cardenas, mientras que el padre Juan Gonzalo Aristizabal Isaza, apareció muerto en su automóvil, abandonado en una carretera.
A ellos se añade el laico Jorge Humberto Echeverri Garro, profesor de catequesis, comprometido en la pastoral social por la paz y la convivencia, asesinado por un grupo de guerrilleros en una reunión sobre proyectos de la Iglesia.
En México fueron asesinados en el último año un sacerdote y dos seminaristas que se dirigían a una reunión de pastoral vocacional en automóvil. Sus asesinos les obligaron a bajar del coche y les dispararon con armas de fuego.
Particular conmoción suscitó en el orbe católico la muerte, en Cuba, de dos sacerdotes españoles: Eduardo de la Fuente Serrano, asesinado en una calle en las afueras de La Habana, y Mariano Arroyo Merino, a quien le quitaron la vida en su parroquia. Su cuerpo había sido atado, amordazado y parcialmente quemado.
Dos de las víctimas fallecieron en El Salvador. El cuerpo sin vida del redentorista salvadoreño Leopoldo Cruz apareció días después de su desaparición en un canal de una zona rural de San Salvador.
La otra víctima de ese país es el joven William Quijano, de la Comunidad de San Egidio, asesinado por una de las numerosas bandas (o maras) organizadas que reclutan a jóvenes pobres de las grandes ciudades de América Central. Desde hace cinco años, William trabajaba en la Escuela de la Paz, creada para los niños pobres del barrio de Apopa, en los suburbios de la capital.
La única religiosa asesinada en el continente ha sido Marguerite Bartz, de las Hermanas del Santísimo Sacramento, asesinada en su convento de Saint Berard, en la zona de indios Navajo, en Nuevo México (Estados Unidos). Era conocida por su pasión en la promoción de la justicia y la paz.
También en los Estados Unidos fue asesinado el padre Ed Hinds, párroco de la iglesia de san Patricio en Chatham, Nueva Jersey, cuyo cuerpo sin vida apareció en la casa parroquial, cubierto de golpes y heridas de arma blanca.
En Guatemala encontró la muerte el padre Lorenzo Rosebaugh, de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada, víctima de un asalto de dos hombres armados en una carretera rural, mientras se dirigía a una reunión pastoral junto a otros sacerdotes.
Por último, perdió la vida en una provincia oriental de Guatemala el sacerdote capuchino guatemalteco, el padre Miguel Ángel Hernández, quien era desde hace cuatro años responsable en una parroquia de Ocotepeque (Honduras), secuestrado días antes.
El recuerdo, un deber de gratitud El otro continente en el que más vidas de evangelizadores se segaron fue África: nueve sacerdotes, una religiosa y un laico; seguido de Asia, con dos sacerdotes asesinados; y de Europa, con una víctima en Francia.
Citando a Benedicto XVI Fides señala que recordar a estos misioneros “es un deber de gratitud para toda la Iglesia y un estímulo para cada uno de nosotros a dar testimonio en modo siempre más valeroso de nuestra fe y nuestra esperanza en
Aquel que sobre la Cruz venció para siempre el poder del odio y de la violencia con la omnipotencia de su amor”.
La agencia Fides destaca que a esta lista de nombres deberían añadirse también los de todas aquellas personas de quienes tal vez no se tendrá noticia, y que, sin embargo, en cada rincón del planeta sufren y pagan, inclusive con su propia vida, la fe en Cristo. |