DÍA MUNDIAL DE LA LUCHA CONTRA LA LEPRA
Fontilles: brindis por 'la vida regalada'
Luis Mª Agudo

El padre Antonio Guillén, S.J, es uno de los mejores conocedores de Fontilles. No en vano, su bisabuelo fue quien redactó los primeros Estatutos, a comienzos de siglo.

Su padre fue presidente de la Asociación durante 28 años y fue él quien hizo los segundos Estatutos. Y el propio padre Guillén, desde su ordenación sacerdotal, ha estado personalmente implicado con Fontilles desde que recibió la ordenación sacerdotal  en 1974. Los últimos cinco años vive allí mismo como director del centro.
      
- El Sanatorio de Fontilles, cien años después de su fundación es una institución entrañable no sólo para los valencianos y el resto de habitantes de España, sino también para los extranjeros.
-  Fontilles está abierto a muchas cosas, es verdad. Como en esta zona hay muchos jubilados -ingleses, alemanes, holandeses-, son también muchos de ellos los que vienen aquí a misa los domingos. Y en algún caso, la viuda nos pidió que lo enterráramos aquí y nos pareció muy bien.

- ¿Qué es lo que ha querido mostrar Fontilles a lo largo del año de su centenario, a través de los diferentes actos convocados, congresos, seminarios, simposios?
- Varias cosas: primero, que la lepra está definitivamente vencida, curada; hoy en día no debe asustar a nadie, pero esa erradicación ha tenido lugar en el Primer Mundo; no todavía en el Tercero, porque no ha llegado la medicina a donde tiene que llegar. La enfermedad está vencida, pero no erradicada en el mundo, y hay que terminar de vencerla. Una enfermedad datada hace 4.000 años debe desaparecer porque por fin hemos llegado a encontrar su solución médica.
Segundo, que el desconocimiento de esta realidad ha hecho sufrir innecesariamente a mucha gente, con una prevención social a veces injustificada, con unos miedos y unos desprecios que han hecho daño. Esa historia de sufrimientos añadidos quizá en algún momento pudiera ser explicable, no está bien. Deberíamos aprender para que en ningún caso más hagamos sufrir a la gente innecesariamente.

- Nadie mejor que usted para acercarnos a la personalidad de sus dos figuras esenciales, Joaquín Ballester y Carlos Ferris.
- Joaquín Ballester es para mí un modelo de persona que sabía negociar con todo el mundo, convencer cuando había que compaginar voluntades distintas, fracasaban todos menos él. Era capaz de hablar con todos, convencer. Era un gran negociador y se arruinó por dejar toda su fortuna a Fontilles.

El padre Ferrís fue el emprendedor, el relaciones públicas, capaz de movilizar a toda Valencia y capaz de ir a ver al Rey y ministro que fuese todas las veces que hiciera falta. Incansable, imposible de desalentar, murió agotado, no deprimido pero sí derrumbado físicamente, porque se empeñó en seguir hasta el último momento contra todas las dificultades. Tuvo apoyo de muchos jesuitas, de sus superiores y compañeros, pero alrededor suyo tuvo apoyos y enemigos.

- Unas vidas repletas de experiencias concretas que dan cuenta de su generosidad
- Don Joaquín Ballester venía todas las semanas a pagar las obras. A veces no conseguía el dinero. Una de las veces que vino, se le hizo tarde por algo y una señora le dio mil pesetas en Gandía, recogió dinero por otro sitio, recogió un poco de lo que tenía en casa y llegó a Fontilles convencido de que no pagaba las obras de la semana: 1.327,15 pesetas. Y cuando llegó aquí, le dijo al capataz de las obras que pagaría lo que pudiese y bueno, los que tengan más posibilidades, que esperen una semana, que les pagaré la semana que viene. “¿Cuánto es los cargos de la semana?” “1327,15 pesetas”. Ballester se echó al suelo y dijo: “Señor, ¡hasta los céntimos me has preparado!” Esa anécdota me gusta de él, pues vivió al día entregándose.

- Una obra hermosa en un escenario precioso, el valle de Fontilles. Para el que no lo conozca, le vamos a pedir una postal descriptiva.
- Fontilles está situado en una zona montañosa, en un valle abierto a Denia y el mar, de 740.000 metros cuadrados. El Vaticano son 440.000 metros cuadrados y  Mónaco, 1.500.000 metros cuadrados. La gente conoce más Mónaco que Fontilles.
Los fundadores dijeron que esto era precioso.

El padre Ferrís, cuando lo encontró, dijo que esto era un paraíso, y eso que, según las fotografías, tenía muchos menos árboles que ahora. El  se puso a plantar árboles enseguida, autóctonos y traídos de fuera, y a compañeros suyos venidos de Filipinas les pedía árboles. Hay árboles muy extraños aquí, que no son de la zona.

Todo el mundo coincide: esa apertura que tiene el valle hacia el mar le da mucha vida. Fontilles significa ‘fuentecillas’. Es un lugar de mucha agua. Cumplía las condiciones que el médico dijo que debía satisfacer para ubicar una leprosería: situado sobre el nivel del mar, separado de los arrozales para evitar mosquitos, que permitiera frenar el viento del Norte -que es el ‘malo’ en Valencia- vegetación y agua, y encontraron esto.

- En el centenario de Fontilles, habría que felicitar a quienes han hecho posible esta labor en cien años. Voluntarios, religiosas, jesuitas y médicos…
- Ha habido médicos muy valiosos en Fontilles. Pero para mí tiene un valor especial, sin querer desmerecer a nadie, pues eso sería siempre ofensivo y complicado, pero el que orientó la construcción de Fontilles: Jaime González Castellano. Era un filántropo, muy cristiano; en su casa de Jávea había creado un lazareto, donde atendía a unos pocos enfermos y su ilusión era que el Estado hiciera la leprosería que España necesitaba. No consiguió movilizar a las fuerzas públicas, pero sí se encontró con que el padre Ferrís le escribió pidiéndole ayuda, y él le ayudó.

- Los grandes protagonistas, los propios enfermos. ¿Algún caso que a usted particularmente le llegara más al corazón?
- Hay muchos, claro, pero para mí el prototipo de enfermo es una persona que recibe el sufrimiento sin dejarse acobardar y que lo procesa bien, porque entonces madura y son un encanto para los demás. Ha habido algunos con fama de santos, entre ellos, una persona de Corbera del Júcar: Paco Catalá, que tenía fama de que, cuando llegaba un enfermo nuevo, él se volcaba, y solía estar junto a él durante 15 ó 20 días hasta que conseguía hacerlo sonreír, y eso le salía. Fue siempre un modelo de persona, poniendo paz en todos los sitios. Murió cuando contaba cerca de 80 años. Un encanto de persona.

Otra es una enferma de cuarenta y pocos años que, cuando veía que se moría, tuvo la idea de acudir al comedor y brindar con champán con las enfermas porque le quedaban uno o dos días de vida. “Brindemos por la vida tan bonita que se nos ha regalado”. Que lo diga ella tiene más mérito. Brindaron todas con emoción y esa misma tarde se murió. Son esa clase de personas que saben mirar a la muerte con paz, con tranquilidad. Fontilles tiene montones y montones de casos similares.

- Junto con los enfermos quienes siempre han estado en primera fila han sido las religiosas franciscanas de la Inmaculada….
- Sí, aquí han volcado toda su fuerza, han hecho cosas que nadie se atrevía a hacer, han cuidado a enfermos hasta extremos que a otros empleados les daba miedo. Vinieron dos franciscanas enfermas de lepra y siguieron atendiendo a enfermos de lepra. Se estiraban como goma: jornadas de catorce horas…. Se volcaban con todos.

Sabían tratar humanamente al enfermo. Eran parte de la familia. Las hermanas aquí han sido todo, y siguen siendo todo. Eso no se podrá pagar. Cuando fue necesario sacarse el título de enfermera, se lo sacaron. Pero en ocasiones no han sido reconocidas, porque se hablaba casi siempre de los jesuitas y de ellas casi nunca se hablaba. Yo creo que Fontilles se lo debe todo a ellas.

- Siendo todas ellas excepcionales, ¿cuáles son aquellas que usted podría mencionar?
- La hermana Otilia fue célebre, la primera que estuvo aquí 50 años. Ahora ya ha habido varias que han estado 50 y 60 años. Fue premiada por la Diputación de Alicante y le llegó la distinción mientras alimentaba a un enfermo.  “¿Eso qué es?”, preguntó al que le traía la medalla. Y siguió trabajando. Como ellas ha habido muchas que han estado 50 y 60 años y algunas viven todavía.

- Y, junto a las religiosas, ustedes los jesuitas… ¿Qué nombres propios podríamos evocar en resumen de este centenario?
- El primero fue el padre Ferrís y otros que llevaron la dirección externa, en Gandía primero y luego en Valencia. Siempre hay que reconocer que la mujer trabaja más en serio que nosotros, pero el más significativo fue el padre Carsí, que dirigió Fontilles durante la década de los cincuenta y parte de los sesenta, cuando tuvo que afrontar tensiones muy fuertes,con unos y con otros, por circunstancias ajenas a ellos casi. Él lo suavizó todo,abrió mucho la casa, hacía guardias de noche, probaba la comida, estaba con todo el mundo. Ha fallecido hace dos o tres años. Es un señor encantador. Fontilles le debe mucho. Quitaba importancia a todo. Todo el mundo se dio cuenta de que era un hombre bueno, bueno de verdad.

- Entre las muchas cosas que llaman la atención en este siglo de Fontilles, una de ellas ha sido encontrarnos cómo los enfermos trabajaban. ¿En qué tipo de tareas?
- Es que esta institución se fundó como colonia-sanatorio para que los enfermos trabajaran porque se pensó que había que llenar la vida y el tiempo. Se quería que los enfermos se sintieran útiles. Unos hacían trabajos domésticos, otros criaban y cuidaban al ganado. Esto era como una abadía un tanto autárquica. Cuando durante los años 60 y 70 se vio que había cura para la lepra y que podrían reincorporarse a la sociedad, se crearon talleres para que pudieran aprender un oficio, aunque no se les pudiera facilitar un título. Con anterioridad, habían recibido clase de leer y escribir. Se hicieron talleres de herrería, de carpintería, de encuadernación, de peluquería, para que al salir tuvieran una forma de ganarse la vida. Aquí el trabajo siempre ha sido necesario, como una buena terapia psicológica.

Y hasta de jardineros…Recuerdo a un interno de 84 años, apodado ‘El Ciruelo’, que a las 5 de la mañana ya estaba barriendo e insultaba al árbol por haber dejado caer hojas.

- En todas estas décadas, quienes han brillado también especialmente han sido los voluntarios, que nunca han faltado.
- Con anterioridad a la contratación de empleados, hubo voluntarios, pues no había dinero para pagar a empleados. Además, había gente que se ofrecía para trabajar aquí durante toda la vida de forma altruista. Hay muchos voluntarios enterrados en el cementerio. Todavía viven algunas voluntarias que llevan 40 y 50 años en Fontilles. Fontilles vivía del trabajo de los voluntarios.

Uno de ellos, José Ruiz de Azúa vino aquí después de la Guerra Civil. Era periodista y él cuidaba a cualquier moribundo hasta los últimos días de su existencia. Cuando murió él, no pidió ayuda. No se enteró nadie de su defunción. Después de muerto, le llamaban El Santo José.

Por otro lado, voluntarias heróicas ha habido muchísimas.

El primer empleado de Fontilles fue Celestino Mengual, administrador. Juan Sirera, de Murla, un practicante que aquí hizo maravillas y que todavía vive hoy con más de 90 años. Ahora hay 112 empleados en Fontilles.

- ¿Cómo son las 24 horas de un día en Fontilles?
- Hay enfermos de avanzada edad que se levantan prontísimo, pues se hartan de la cama. Desayunan, juegan al dominó... La mayoría son personas de más de 80 años que han trabajado y vivido mucho en Fontilles pero que ahora no tienen apenas fuerzas. Por las tardes, siesta, televisión, lo que hace cualquier persona mayor en un pueblo cuando cuenta ya una edad avanzada. Entre ellos hay tertulias. Muchas peleas menos de las que se esperarían en un colectivo, pues son personas que se conocen desde hace muchos años. Por otro lado, los enfermos terminales están en la cama todo el día.

- Hablar de voluntarios en Fontilles es hablar de las peñas que tanto animaban la vida diaria de los enfermos. ¿Cuál era realmente su misión?
- Las peñas han hecho una labor muy buena en Fontilles. Su misión fundamental era relacionar la sociedad con Fontilles. Contar en sus pueblos que la lepra no era para tanto, que eran personas normales que se merecían respeto y trato, que se habían hecho amigos de algunos que habían visto.

Las peñas cumplían también la misión de recoger dinero, pues la mayor fuente de financiación de Fontilles son los donativos particulares, pero al principio, el 100 por 100 era eso. Las peñas también hacían fiestas aquí para alegrar a los residentes de Fontilles. La primera que lo hizo y sigue haciéndolo es Alcoy, hay enfermos que desfilan en los moros y cristianos de Alcoy. Esta gente ha hecho mucho bien por Fontilles. A veces se los ha llevado de excursión fuera.

Ramón Palau fue un religioso jesuita que ejercía de cámara de cine, además de ser organizador de peñas. Promovía la rondalla. Ha habido muchos, pero él es una persona recordada y querida.

- Mirando al siglo XXI, ¿por dónde pasa el futuro de Fontilles en un país en el que la lepra está erradicada?
- Fontilles ha cumplido su centenario y le queda todavía como tarea continuar atendiendo a los antiguos enfermos de lepra hasta el final de su vida.

Esperemos que el segundo centenario sea tan fructífero como el primero… Aprobar proyectos contra la lepra y otras enfermedades relacionadas con la pobreza en el Tercer Mundo… Aumentar el presupuesto y el número de países donde trabaja. En este momento, tenemos 35 proyectos. Y eso, unido a la formación de médicos españoles y extranjeros para que puedan diagnosticar la lepra y otras enfermedades.

El otro campo de actividad para el futuro es seguir investigando. También, utilizar las instalaciones del valle para otros fines, pues la lepra ha sido erradicada de España y Europa y esos fines están relacionados con el espíritu de los fundadores y de la casa. Tenemos instalaciones destinadas a formación, otras utilizadas como museo de Historia, instalaciones para enfermos terminales. Formación y cooperación internacional, sobre todo.

- Cuando cumpla el segundo centenario, ¿de qué manera podrá seguir siendo útil?
- Me encantaría que Fontilles siguiera haciendo cosas buenas, que no serán las mismas que se hicieron en los primeros cien años, por lo que le he contado. Probablemente será saliendo de España y volcándose más hacia fuera. Fontilles será útil porque no creo que se terminen las necesidades en el mundo nunca.

El centenario nos ha cambiado el campo donde desarrollar nuestro objetivo de ayudar a otros, pero sigue habiendo campo.      
Yo quisiera que la historia de Fontilles sirviera a otras personas para no caer en los mismos errores en los que cayó otra gente al principio, porque al lado de héroes, hubo gente que hizo la vida difícil e hizo que la presión se multiplicase, que hubiese una animadversión social contra un sanatorio de enfermos. Ojalá la historia de Fontilles sirva para suavizar ese tipo de egoísmos. Si evitamos el sufrimiento que provocamos por nuestra cerrazón, algo hemos hecho.

- Y no es poco, desde luego. La historia de Fontilles abre un nuevo capítulo que seguro estará cuajado también de historias maravillosas, héroes y santos en su segundo centenario.

 
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